¡Ser yunque y no saber leer más que en el libro de su aldea!

Tránsito triste para aquellos que no se encaramaron jamás a la gavia

zarandeada por Boreas con la aguja de marear en danza perpetua

y la mirada de Linceo acuchillando el horizonte turbio del Bósforo.

El rostro, una carta marina ilustrada de chirlos y cacarañas,

esculpido en mil derrotas, derivas y naufragios de giróscopo.

Su brío, un rubí y un corcel engarzado en el hierro de sus entrañas.

La piel, en vetas curtidas por la salmuera océana y el azote del viento.

Los brazos; uno, suelto y dispuesto; el otro, calizo, afianzado y tenso.

La camisola hecha trizas, pabellón flameante del espíritu irredento.

Cuando la nave surca y hiende la ola, él es el único que vuela,

trujimán de albatros, cormoranes y gaviotas,

presta la garganta para clamar ¡tierra!, sin favor de vihuela.

Mientras al rebaño le alambican el cerebelo con rastrojos de patriotas,

con apódosis venales y tibias, perífrasis de todos los otoños del arrojo,

el  que vive en la hora, en su designio, atento al pulso de la escota,

al despertar de un continente, inmune es al servil trampantojo.

Invoca el arrebato que un instante suspenda el tiempo y el mundo

como el que dibuja una eterna verónica mirando al tendido ¡sentido profundo!