Verecundia_XVIIIA_Son

Arrastrar la soga y entonar los salmos del Conquibulés,

la mala costumbre de mascar piedras, lleva al sabueso con su hueso,

y, en sus lomos, una lamia desorejada con alas de murciélago

en su lugar, en horror de celos, desencanto y desaliento, es lo que trae.

Gangrenose el albedrío de indolencia y desafecto infecto,

abriose el tomo sideral del siete y levantose el viento,

por dentro y por fuera, al son de las trompetas, prospecto del infierno.

Cavila más un paramecio que un maniaco minoico de nuestro tiempo,

un Herodes Antipas morcillo y presto a la lavativa sin miramiento,

que, entre bascas y escopecinas, se va de vareta antes que de la chaveta.

El perro y el gallofero solo bailan por dinero, y son copia ahora,

abono fértil para la cosecha de locos repúblicos y hocicadas entre pujo y pujo,

mientras verdad y enjundia adelgazan al trote a la flor del berro.

Condescendientes con el ojete yermo, las erratas uterinas y el cotorreo,

las ponzoñas graduadas de moderno se descalzan de risa entre pleonasmos.

¡Benditos sean los asnos, que no abusan del meme y el troleo!

¡Malditas las ballenas, que han criado dientes para roernos los zancajos!

¡Echose a perder el estofado humano en la marmita de Falaris!

Cual Judas, tu última sinapsis sirve ya de peso a una rama…