La paz, en su majestad, aúlla entre los rescoldos del fuego eterno,

en la pirosfera de los deseos felizmente frustrados,

pura intuición, sin instinto ni pasión, contrición cenicienta,

agotada la incontinencia, colmada de la ira su impaciencia.

Gira el torno del alfarero de mirada apacible y manos recias

que se deslizan con la cadencia del amor

por las caderas de la arcilla blanda y húmeda, salivando peripecias.

Cual pitonisa indecisa acariciando la orla del destino,

sin quicio donde colgar la sonrisa concisa y el hexagrama atinente,

la sentencia inapelable, suspendida por la concordia y su azar clandestino.

Heracles, atosigado por la manzana que el centauro quiso gustar,

no hubo cultura, no hubo virtud, sino desasosegado trasiego

de estertores en variados paisajes, sólo aliento bastante para justar.

Me cansé de viajar con denuedo a Carracuca.

No me arrimé a Picio pero sí al Chepa, en la villa de Pedraza,

que la redundancia nunca fuere paliativo, salvo para malrimar o

enseñar a otros batracios el arte de la brazada de braza.

Troqué el honor por el auxilio, la voz por el oído,

el pleito por el desdén y el hambre, por el silencio.