La paz, en su majestad, aúlla entre los rescoldos del fuego eterno,
en la pirosfera de los deseos felizmente frustrados,
pura intuición, sin instinto ni pasión, contrición cenicienta,
agotada la incontinencia, colmada de la ira su impaciencia.
Gira el torno del alfarero de mirada apacible y manos recias
que se deslizan con la cadencia del amor
por las caderas de la arcilla blanda y húmeda, salivando peripecias.