Cuando el Pleistoceno, del escroto infinito de Urano

se decretó el Paraíso y Cronos reinó sin oposición y sin el verbo,

hasta el punto en que Rea, tarabilla reprimida que era,

reclamó los frutos vomitados del incesto, instaurando el carajal olímpico.

Diole al tarasca perro muerto que, para el caso, fue pedrusco,

sospecho que bajo forma de palabra sin lisonja,

cuyo eco aún reverberaba cuando Eneas se topó con los etruscos.

Digo herejes veraniegos, apóstoles descartados, estropeados moluscos,

caballeros de rapiña, ángeles sin gracia, currutacos embalsamados,

capones y sombras cluecas que nunca apuran su traslúcida copa de lambrusco.

la lipotimia del Tiempo nos aceleró el diapasón de la Historia,

del Ágora a la calle mayor del mundo donde bulle lo torvo y lo chusco,

lonja de espíritus y otros pescados secos.

Cáfila de prófugos del desguace donde yacen los dioses de antes

que, en su Tártaro indoloro, agitan ora la coctelera, ora el cubilete,

con los que juzgan suertes de si habrá de ser dinamita o viruela

lo que habrá de exportar tal humano desperdicio al garete.

Valgan estas coplas pestilenciales como reverencia y homenaje

al chimpancé que en su peor pesadilla sueña que estuvo en un tris de ser humano.