Faetones con la maldita bien suelta, orates de talanquera,
tantos como piojos se restriegan por las aceras,
desvalidos; llenas de agua, sus orejas; no valen lo que mean:
llevan colgadas de sus ojos todas las vigas de sus techos.
Ufanos gusanos, costaleros de Nabucos electos que respiran veneno.
Calcillas, lloraduelos, malsines, zánganos, jumentos de fúnebres arreos;
arrogantes sin orilla, ni seso, ni mérito, más allá del pálpito del duodeno.
La modestia, virtud rala y esquiva de los discretos que no sufren cosquillas,
de los que no hablan en bóveda, de los que no cacarean sin poner huevo,
es hilo de Ariadna para desertar del siglo sin menester de apostillas.
¿A qué tanta porfía por volar más alto, por andar cazando grillos,
cuando es el sino tuyo el de cualquier fulano sin blasón ni prelatura?
Un zurcido en la tierra donde a nadie deslumbra ya el fulgor de tus anillos.
Tacharon a Diógenes, tonel su morada y harapos su atavío,
de insolente, por cuando la sombra del Magno fue estorbo de su solaz.
Cuentan que reconvínole como lo hubiera hecho a un menestral,
y el que fuera amo del mundo con suma deferencia respondió al desafío.
Ambos dos traían rumor y noticia de las correrías del otro,
templando la réplica de legumbre tan principal al exhorto del filósofo.