Fama es que la misión más elevada que un hombre puede acometer
es portarse instrumento de los dioses para desfacer los entuertos y trifulcas
intestinas del Olimpo que se pierden en el Tiempo y en el rumor del Leteo,
si bien se presente a menudo como un gaje doméstico en pos de un reino terreno.
Emplearse con vigor y entusiasmo en el cumplimiento del deber
cuando recibimos el mandato de contar las arenas es el marchamo del héroe,
la excepción por antonomasia, que desafía el ser y el tener.
Así Jasón, pupilo del centauro más avisado, embarcó en el Argo
la cuadrilla más excelsa y variopinta que soñaran nunca la Luna y el Trueno
pudiera bogar hasta el último confín conocido entonces y despachar su encargo.
No todos arribaron a Ea, no todos volvieron a Yolco:
todo por los despojos de un tal Frixo y del carnero lafistio,
capricho divino de la Diosa Madre, uno; del Rayo Usurpador, el otro.
Muchos escollos salvaron en su periplo: gigantes, harpías, sirenas, rocas varias.
Pronto olvidaron su mayor hazaña, la primera, su estadía en Lemnos:
Repoblaron la isla en tres o cuatro noches de indecencia legendaria.
Amagar y no dar no fue su lema, ni hubo avatar que les dejara en suspenso.
Otros, después…, ahora, vamos a la deriva ebrios de arrogancia
entre Escila y Caribdis sin reparar en los acantilados de mármol de entonces.