A es la escuadra y, yo, B, el cartabón, con los que Man Tycor
traza, a duras penas, los ángulos de los coágulos de este inútil parto del mundo
con la lujuria de un sacamuelas vencidas la pereza del mudo bienestar
y la cobardía del verecundo monje de sí mismo que se soñó nibelungo.
Soy el que suspira por los ajos y cebollas de Egipto,
frito de mentecatos adobados que escupen su impostura en bacía de oro
y, a la hora del concubio, confunden el fornicio con empujar la cena del modisto.
Perdiose la costumbre de andar en balanzas, el sudor amargo de la fundición.
Extraviose el seso en el punto en que la molicie desbordó el aforo.
Malogrose el beso eterno y la casta forestal de Baucis y Filemón.
Echose a perder la oliva luterana al humo de espárrago
en cama de espinaca liofilizada que llenarme iba el buche
esta noche en el figón de la nada, al saltar del plato pávida de fárrago.
Cuando el yantar devino arte, estuvimos prestos a rodar la última secuencia,
regurgitar el postrer cuesco, y revolcarnos en nuestro bienamado estercolero,
a la espera de que el coro, dos milenios silente al menos, dicte sentencia,
y condene nuestra flagrante idiocia a otro bíblico (o atómico) aguacero.
Como suele acontecer, solo tienen buen pronóstico los proscritos del momento,
aquellos que alzan la voz en el desierto y evitan comer mierda con condimento.